
Recuerdo mi primer día de clases en la universidad, éramos cerca de 100 alumnos ingresando a la primera promoción de comunicadores sociales de la ciudad, todos sentaditos en un mega salón -inmenso grupo con el que cursé mi primer semestre de carrera-. Clavada en mi pupitre (sí, usábamos pupitres), escuchando la acostumbrada presentación que deviene de un primer encuentro escolástico (dinámica que nunca me ha gustado), pensaba: “Qué voy a decir cuando me pregunten: ‘¿Cuáles son tus expectativas sobre la carrera?”. La verdad, creo que no lo sabía.
No puedo contarles lo que dije finalmente porque mi cabeza me hizo el favor de borrarlo de mi memoria, pero si recuerdo a dos personas en particular, dos chicas. Una de ellas, actual colega y estimada compañera, se levantó muy segura de sí misma y ante la pregunta que tanta desesperación me causaba, respondió que ella quería llegar a tener un programa como el de Cristina Saralegui; acto seguido movió su pulgar imitando la seña que hace esta presentadora cubana radicada en Estados Unidos. La segunda chica, con quien compartí muy poco, comentó que su sueño era trabajar en Disney. Y yo, ajena a mi real motivo y expectativa, no tenía ni idea de lo fascinante que sería ser una periodista.
Ahora bien, y para no hacerles largo el cuento, como es de esperarse, toda profesión tiene sus cosas buenas y malas. Dentro del renglón de las buenas he agrupado a las divertidas, fabulosas, extravagantes, emocionantes y todas aquellas que alegran mi día. En el otro renglón, el malo, he incluido a las aburridas, cansonas, fastidiosas y, como decimos en mi país: chimbas. Una de estas cuestiones de las que les hablo, que las meto en el saco de las “aburridas”, es desgrabar una entrevista. Oh sí! Eso sí que es aburrido y justo hoy, tras aproximadamente una hora y 10 minutos de conversación con mi personaje (¡y vaya conversación tan interesante!), me tocó volver a escuchar todo (hasta mi propia voz, pregunta que pregunta) y copiarlo en un documento de Word, para luego discriminar los datos que me resulten más interesantes para armar el reportaje.
Pero lean todo el trajín de la operación. Busco mi periodística (así llamamos a nuestras pequeñas grabadoras), -y debo decir en su defensa que hay que tenerlas a cuestas como una American Express, porque para asegurarse de tener los datos completos “nunca salga sin ella” y sin pilas doble A tampoco (ya me ha pasado). Con esta aliada a la mano, le coloco mis audífonos para que sólo y exclusivamente yo escuche el discurso completito sin interrumpir a mis compañeras, mientras todo se reduce a pisar “play”, “stop” y “back”. Entonces entre escuchar la plática, parar el casete, escribir lo escuchado, retroceder y volver a escuchar, puedo pasar día y medio… ¡Qué odisea!… y después dicen que los periodistas tenemos todo súper fácil…
Así que en esas anduve esta tarde y todavía me quedó tarea para el lunes… Por cierto mi memoria no fue tan benevolente como había creído, ya recordé lo que dije cuando fue mi turno en aquella abarrotada clase: “Yo quería estudiar paleontología, pero no pude y mi segunda opción fue esta carrera”… Que respuesta tan alocada, pero no me arrepiento de mi rumbo profesional porque ser comunicadora es lo máximo!!!
Pamela Velasco
Directora de Prensa digital
P.D.: Un aplauso para el departamento de administración: ¡Gracias por el Microondas!