Bitácora de un cumpleaños (Josmar A. Tinoco Rada)

Marzo 5th, 2008 by Ernesto Humberto Tinoco Egui

Mi cachorro y yo

Después de mucho planificar llegó el día en que mi gran cachorrito, Josmar Agusto, cumplió sus cinco años. Como a eso de las seis de la mañana, lo desperté para que fuera al baño y lo llevé cantándole cumpleaños junto a su mamá y su abuela. Cargué el carro con la piñata y el comidero loco que exigían en el colegio para un gran número de pequeñas fieras, a las que nos enfrentaríamos durante medio día del 28 de febrero. Así enrumbados de la Guaira a Caracas en “El amarillo” -mi carrito- y la súper Terios de la abuela, salimos muy contentos.

Al llegar a la guardería donde sería celebrado tan magno evento, bajamos todo el corotero que había que entregarles a las maestras para que decoraran. Mientras tanto me fui con el cumpleañero a desayunar, entablando una lucha campal porque como todo niño creen que los empleados de Mac Donals madrugan, pues se me ocurrió decirle que ese día comería ahí. Finalmente entendió y se comió unos cachitos de panadería.

Josmar y su mami

Cuando llegamos nuevamente al colegio, se bajó corriendo y entró para encontrarse con sus amigos, y a cada uno que le pasaba por un lado le decía que yo era su “preferido papá Tito” y que no me molestaran porque él cumplía 5 años y ya estaba tan grande como yo. No me quedaba otra opción reírme). Lo dejé jugando y me dispuse a hablar con las maestras y, a punta de pulmón, inflar los globos mientras Dori -la mamá- y su abuela Margarita, organizaban las mesas, los cotillones y regalos.

La fiesta empezó pasadas las 10 de la mañana. El trío de mandingas de la guardería, conformado por mi hijo, Riky y Sebastián, pidieron música y se pusieron a bailar. A Todas estas las niñas los miraban como diciendo que eran cosas extrañas, por lo que prefiereon irse a jugar en el parque. Así entre risas y golpes de Power Rangers, se encontraba aquel lugar.

De repente mi cachorrito junto a toda su saga de malandrines, se me acercaron para pedir fotos con “el papá de Josmar”. Comenzó la sesión, y aunque trate de poner orden, la manada de chiquillos me atacaba cual programa de National Geografic.

Cuando se calmó la turba, empezó la entrega de regalos. Cada uno, de los 60 niños de la guardería, se acercó a mi chamo para entregarle su obsequio. Fue un moemento muy raro porque las profesoras habían preparado unas sillas especiales para Josmar y nosotros -Dori y yo-, ubicada en un escalón más elevado que los demás, me pareció como si estuviera viviendo un episodio novelesco y teatrero: un rey atendiendo a sus súbditos.

Cuando recibió el último regalo, la piñata estaba preparada. Le entregaron el palo de escoba que había forrado con papel crepe la noche anterior y que no duró ni 5 minutos intacto porque Josmar, en vez de pegarle a la piñata de Hotweels, lo que hizo fue apuñalarla, casi sin darle oportunidad a su compañeros de pegarle. Después de unos 10 niños, la misma sucumbió y cayó sobre los chamos, quienes se abalanzaron con sus bolsitas a pelearse por los juguetes. Como las profesoras sabían que muchos no lograrían agarrar nada, tenían bolsas llenas de juguetes para que todos tuvieran. Pensando en eso, le comentaba a mi esposa que en mi época eso no ocurría, si no agarrabas sencillamente no tenías nada.

Josmar Augusto

Con mucho apuro, porque se acercaba la hora de salida, cantamos cumpleaños y se picó la torta. Debo decir que tuvimos que prender las velas 3 veces porque Josmar no esperaba que terminara la canción para soplar. Hecho esto, su tío Josmar -el hermano de Dori-, procedió a entregarle su regalo, el momento esperado por todos: el Orbitreck -un reloj que contiene monstruos mutantes, sacado de la comiquita Ben10-, que tanto soñaba mi cachorro y que hubo que pedir desde EEUU. Su cara de emoción no era normal, hasta que se dio cuenta que necesitaba pilas y no tenía. Como siempre su “favorito papá” tuvo que salir corriendo a comprarlas para quitarle la carita de decepción que tenía. No quería que la tuviera porque debía ser un día perfecto para él.

Todo terminó cuando se presentó la hora del almuerzo en el colegio y los pequeños diablillos se trasladaron al comedor para almorzar. Luego nos fuimos a la casa de la abuela Maigualida y Esther, donde terminó de pasar su súper cumple jugando en el parque, con su Gameboy y sus primitos.

Si se preguntan dónde estaba el regalo de papá y mamá: Fue el Gameboy antes mencionado. Lo compramos con casi tres semanas de anticipación porque estaba mucho más barato y él no podía esperar.

A mi bello cachorrito un feliz cumple y que siga creciendo tal cual como es

Ernesto Tinoco Egui
Director de arte y concepto gráfico

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